El aguacero de noviembre superó ampliamente a su predecesor del año anterior, y si los vaticinios acerca del cambio climático son válidos, el récord que impuso no durará mucho tiempo.

Se sabía de sobra cuán incapaz era la ciudad capital – igual que otras zonas urbanas del país – para manejar grandes precipitaciones sin caer en una situación de caos generalizado. Pero a ese respecto prevalece una actitud fatalista, algo parecido a una resignación colectiva, en cuanto a la perspectiva de encontrar remedios efectivos. Cada quien procura reducir su exposición particular al peligro y mitigar sus posibles pérdidas, carente de confianza en que se vayan a encontrar soluciones conjuntas.

Esa resignación se fundamenta en la experiencia. Lejos de mejorar, el problema se agrava progresivamente a medida que la ciudad crece en población y extensión. Esto así porque los mismos esquemas de urbanización descontrolada que lo originaron continúan vigentes.

Cada proyecto urbanístico, sean estos consistentes de la apertura de calles y avenidas, construcción de viviendas, establecimiento de industrias, instalación de comercios y otros negocios, creación de áreas recreativas y demás iniciativas, obedece a una lógica individual, desvinculada de las correspondientes a otros proyectos. Observamos en ese sentido desconexiones de vías de acceso, mezclas antojadizas de usos de suelo, y una completa anarquía en la ubicación de los servicios y lugares de trabajo.

Más grave aún, los cursos naturales de las aguas han sido interrumpidos, provocando que amplios sectores sean propensos a sufrir inundaciones súbitas y devastadoras. Y en ese sentido es frecuente que las víctimas, aguas abajo, no sean quienes, aguas arriba, fueron responsables por la creación de la amenaza.

Pero si llevamos años y años haciendo lo mismo, ¿para qué escribir sobre este asunto? Quizás sea mejor sólo preocuparnos por reforzar nuestras paredes, limpiar desagües, poner masilla en las ventanas y que el agua corra para otros lados.

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