El dolor se mantiene intacto, la tristeza se refleja en los rostros y la pobreza se extiende por cada rincón de la casita cubierta y techada de zinc en el barrio “Altos de Los Melones” en Catalina, provincia Peravia, donde vive la familia de una de las víctimas del desplome de muros en la avenida 27 de Febrero esquina Máximo Gómez.

Cuatro niños (dos hembras y dos varones) de 12, 10, 6 y un año de edad junto a la madre, que tiene siete meses de embarazo, parecen esperar a alguien en la entrada del tugurio. Los dos más pequeños descalzos y ajenos a lo que ocurre en su alrededor.

El peso de un hogar

Babylove Dorvilien (Baby), de 35 años es la madre, ahora viuda. Ella lleva el peso no solo de su embarazo, sino también de un hogar del que tendrá que aprender a lidiar porque su fallecido esposo, Bonheur Dorvilien (Bonel), de 38 años, era el único proveedor. «Lo era todo. Yo no sé qué hacer sin él, yo no sé nada, el mundo se viene encima de mi cabeza”, dijo Dorvilien.

El matrimonio era cristiano, ambos de origen haitiano. En el año 2009, se casaron y formaron una familia y según cuenta su viuda, su esposo era tan correcto que todos sus hijos tienen sus documentos legales. Bonel era muy solidario y se dedicaba a ayudar a sus paisanos a regularizar su estatus “para que no tuvieran el sobresalto cuando Migración lo detuviera”.

“Mi esposo está muerto, me duele mucho éramos muy felices… cuando había un mal momento, como pasa en las parejas, siempre nosotros sabíamos resolver, él me decía vamos para dentro, cerraba la puerta y hablaba conmigo”.

Bonheur murió con dos deseos: reparar la casita donde vivía y celebrarle el cumpleaños a la niña de 6 años, como se lo había prometido. El día de su muerte andaba con RD$38,000 en el bolsillo que recibió de un san, una parte para  el cumpleaños de la niña y otra para comprar hojas de zinc, todo se quedó en proyectos.

“Esa niña, cuando escuchó que su pai se murió, solamente decía: ¡Ay mi pai, ¿quién me va a hacer la fiesta, y el bizcocho que me prometiste?”, cuenta la señora, mientras del silencio afloran las lágrimas que trata de secar con los nudillos, mojando sus manos. En una contiene el anillo matrimonial, prueba del amor a su esposo.   

En medio del dolor Babylove recuerda el deseo de su esposo de mejorar su casita, para eso era el san  y parece que es lo que más le preocupa. Dos de sus niños, duermen en el suelo con cartones y trapos al pie de la cama porque el colchón que tenían se dañó por la gran cantidad de agua que entró a la casita carente de todo.

Alivio en medio del dolor

Además de su embarazo, la pobreza, el cuidado de los niños y un futuro incierto, a Baby le preocupaba mucho el dinero con el que andaba su esposo. Era de un san y no tenía forma de pagarlos, pero una luz apareció en medio de su dolorosa situación.

El Cuerpo de Bomberos del Distrito Nacional se encargó de todas las propiedades que llevaban las ocho víctimas del desplome de los muros. Debidamente registradas las guardaron con celos y en esa acción se involucró el mayor Otto Manuel Geraldino Obritzhaser.

Entregó a cada familia de los fallecidos sus bienes, pero no tenía el contacto de los parientes de Bonheur Dorvilien (Bonel). A través de una vecina hizo contacto con la viuda y la invitó a buscar las propiedades: una mochila negra con 38 mil pesos, 100 dólares, el celular, el anillo de matrimonio y los documentos de su esposa porque decía que debía tenerlos guardados por si Migración intentaba deportarla.

La viuda está agradecida del mayor de los bomberos porque, además de sus documentos les fueron devueltos el dinero y eso le alivia porque pudo pagar el dinero del san y se quedó solo con 10 mil pesos.

«Gracias a Dios eso me quitó un peso de mi cabeza, yo le agradezco mucho a esa persona que está en el cuerpo de bomberos, él hizo eso muy bien, que siga así, que Dios lo bendiga y lo cubra de bendiciones junto a su familia«, dijo Baby.

«Cumplí mi deber»

Otto Manuel Geraldino Obritzhaser explica que no hizo más que cumplir con su deber junto a los demás compañeros bomberos, pues de sus padres aprendió la honestidad que ha abrazado en su vida y los 15 años de servicio voluntario en los bomberos.

“Mi familia me enseñó al trabajo duro, sin esperar nada a cambio, la palabra trabajo me lleva impregnada desde jovencito, desde pequeñito, de respetar lo ajeno, eso no era negociable en mi casa”, cuenta el oficial de los bomberos.

La tragedia del 18 de noviembre dejó mucho dolor, pero también, solidaridad, agradecimiento y muestra de honestidad. Para cualquier ayuda a esta familia: 809 215-2444.

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